Hoy es un día solemne.

El día de hoy, en este recinto parlamentario, quedará escrita con tinta indeleble y en la memoria de todos, que el 10 de abril conmemoramos los 100 años del aniversario luctuoso de Emiliano Zapata, el Caudillo del Sur, el Jefe del Ejército Libertador, el símbolo por excelencia del agrarismo, de la lucha por la tierra y por la justicia para los campesinos no sólo en México, sino a nivel internacional.

Gastón García Cantú dijo: “En Anenecuilco se abre, como una herida, la historia de nuestro país”.

Allí nació y creció lo que a la postre sería ¡El revolucionario más dinámico, el más evolucionado! En palabras de Smithers Rueda.

Emiliano Zapata es una figura de estatura mundial, no sólo es uno de nuestros máximos héroes, es también uno de los héroes mexicanos que ha logrado trascender nuestras fronteras y ser reconocido, en otras latitudes, como el adalid de la causa agraria.

Emiliano Zapata ocupa un lugar muy especial en la historia de México.

La lucha que encabezó, al frente de un ejército de campesinos y sectores rurales pobres de Morelos, Guerrero, Puebla y el Estado de México, logró darle un profundo contenido social a la Revolución Mexicana.

Sin el zapatismo, la Revolución iniciada por Francisco I. Madero, se hubiera quedado en una simple transformación política, en un cambio en el gobierno, en la instauración de un régimen democrático como el que encabezaba Madero, pero que no habría cambiado las estructuras sociales y económicas del país.

El zapatismo, ese gran movimiento de campesinos pobres, de peones de las haciendas, de jornaleros agrícolas, de arrieros, de pequeños comerciantes y de sectores rurales pobres, logró confrontar al régimen de cosas imperantes con sus más profundos fantasmas.

Cuando Francisco I. Madero, una vez que había sido derrotado el gobierno de Porfirio Díaz, se reunió en Morelos con el Caudillo del Sur en julio de 1911, para pedirle que desarmara a su Ejército y entregara las armas porque ya se había conseguido el triunfo, el Atila del sur se negó a hacerlo si antes no se entregaba la tierra que le pertenecía a los pueblos.

Madero, hombre honesto, íntegro, de buena fe, al igual que Zapata, buscó llegar a un acuerdo con el líder suriano y le ofreció resolver el problema agrario cuando fuera Presidente de la República. Sin embargo, una conspiración de los enemigos de Madero, de los grupos conservadores y del Ejército federal, así como de los sectores vinculados al gobierno de Porfirio Díaz que querían frenar a la Revolución y preservar sus intereses y privilegios, urdieron una conspiración que echó por tierra los acuerdos entre Madero y Zapata.

El Caudillo del Sur, dolido, creyó que Madero lo había engañado y le declaró la guerra. En noviembre de 1911, Zapata y el grupo de líderes campesinos que lo seguían, proclamaron el Plan de Ayala, uno de los planes políticos y sociales más importantes en la historia del país.

El Plan de Ayala es, en su sencillez, una obra maestra. En sus breves páginas expresa, de manera ejemplar, las razones de la lucha campesina:

Los pueblos recuperarían inmediatamente la tierra de la que habían sido despojados;

Se dotaría de tierra a quienes no la tuvieran;

Se expropiaría a las haciendas;

Se defendería la tierra con las armas en la mano; y

Se elegiría a un gobierno revolucionario.

Esa era la esencia de la lucha zapatista. En los meses que siguieron a su proclamación, el Plan de Ayala se convirtió en la bandera de la Revolución campesina y la lucha zapatista se extendió más allá de la geografía morelense.

Madero no pudo acabar con la resistencia zapatista. Menos lo pudo hacer el régimen espurio de Victoriano Huerta, a pesar de la guerra a sangre y fuego que desató contra los pueblos y comunidades que apoyaban la causa de Emiliano Zapata. Esa guerra sanguinaria y genocida, que incluyó el bombardeo y la quema de poblados, asesinatos en masa contra la población civil, deportaciones y campos de concentración, no lograron romper el profundo vínculo que unía a Zapata y a sus seguidores con los pueblos y comunidades campesinas.

Al contrario, entre más brutal era la represión, más fuerte se hacía el lazo entre  el Ejercito Libertador y los pueblos, porque los guerrilleros zapatistas eran el brazo armado que protegía a las comunidades.

La lucha zapatista creció, se arraigó y se extendió por buena parte del centro y sur de la República mexicana y sirvió como ejemplo para que muchos otros pueblos se levantaran en armas y siguieran sus demandas.

Sus victorias le permitieron controlar completamente Morelos y Guerrero, así como los municipios colindantes del Estado de México y de Puebla, contribuyendo así a derrotar al gobierno usurpador de Victoriano Huerta y, junto con los ejércitos norteños, terminó por dar el golpe de timón al régimen porfirista-huertista que había resistido hasta entonces el empuje de la Revolución.

El zapatismo tuvo un papel central en la siguiente etapa de la transformación nacional, aquélla en la que las tres grandes corrientes revolucionarias que derrotaron a Huerta, el constitucionalismo, el villismo y el zapatismo, trataron de unificar a la Revolución, de formular un programa de gobierno y de elegir a un gobierno democrático representativo de todas las corrientes.

Ese espacio de negociación política y de búsqueda de acuerdos fue la Soberana Convención de Aguascalientes, la asamblea más representativa de la revolución porque en ella estuvieron representadas todas las corrientes, en el momento de mayor ascenso de la lucha revolucionaria.

Los delegados zapatistas dominaron ideológicamente la Convención. Zapata los había instruido para que en la Asamblea dieran a conocer los principios de la lucha zapatista y que buscaran que la Convención hiciera suyo el Plan de Ayala. La Convención aprobó el Plan de Ayala.

Esa fue una decisión de la mayor relevancia porque la Asamblea revolucionaria más representativa hizo suyo el programa de reforma agraria más radical que se hubiera formulado en toda la historia de México. Además, en la Convención se selló la alianza entre Villa y Zapata, los dos más importantes líderes populares de la Revolución.

Las diferencias de proyectos y las rivalidades entre Carranza por un lado, y Villa y Zapata por el otro, fracturaron la Convención. Se abrió paso a la guerra civil.

Hace casi 109 años tuvo lugar esa guerra entre los revolucionarios, entre compañeros que no se pudieron poner de acuerdo y que tuvieron que dirimir sus diferencias en los campos de batalla.

Villa y Zapata perdieron la guerra a manos de Carranza y Obregón. Perdieron militarmente, pero no perdieron en la arena política ni en la ideología. Eran tan importantes los ideales y los principios que defendían, que los vencedores de la Revolución, con sabiduría y con un espíritu incluyente, plasmaron en nuestra Carta Magna de 1917, en ese documento fundacional del México moderno, sus principales principios y demandas.

Hoy, cuando estamos celebrando el aniversario luctuoso del Caudillo del Sur, debemos revivir y traer al terreno del presente, los ideales por los que luchó Zapata.

Gracias a Emiliano Zapata, a Villa, a Carranza, a Obregón, a Lázaro Cárdenas, la Revolución Mexicana hizo justicia y entregó la tierra a decenas de miles de familias campesinas. En las décadas que siguieron a la Revolución, más de la mitad del territorio nacional se entregó a las comunidades y núcleos agrarios.

Nuestra reforma agraria fue una de las más amplias y profundas en la historia contemporánea, a nivel internacional, y ha sido ejemplo para muchos otros países. Es una reforma agraria que nos enorgullece. Sin la Revolución Mexicana y sin Zapata, hoy no habría campesinos mexicanos. Los campesinos, como clase, habrían desaparecido y se habrían convertido en peones de las haciendas, en trabajadores rurales asalariados, en jornaleros estacionales.

La Revolución Mexicana les dio la tierra y les permitió a los campesinos, a los ejidatarios, a los comuneros, convertirse en actores centrales en el campo mexicano, como lo han sido en estos más de cien años y como lo seguirán siendo en el futuro.

Por eso, he pedido la palabra para intentar hacer un homenaje a la figura de un hombre cuyos ideales son universales, como Emiliano Zapata.

Su lucha y sus principios, representan la integridad, la congruencia, la intransigencia ante las injusticias, la firmeza en los objetivos, la honestidad y la pureza de los ideales y, ante todo, la legitimidad de las demandas campesinas.

Por eso, esta Legislatura debe enorgullecerse, al igual que todos los mexicanos, de rendirle este merecido homenaje al inolvidable Caudillo del Sur.